Camino al Santísimo

Entonces oí la voz del Señor que decía: ¿Aquién enviaré? ¿Quién irá por nosotros? Y respondí: —Aquí estoy. ¡Envíame a mí! (Isaías 6:8)

Esta respuesta peligrosa, es de Isaías, luego de un tiempo de presencia de Dios y limpieza profunda de todo su ser, él grita: Aquí estoy. ¡Envíame a mí!
No significa que Isaías se consideraba perfecto, era consciente de sus limitaciones humanas, pero frente al inmerecido Amor del Señor, que limpió su maldad, y lo perdonó, tomó la decisión de ponerse a su disposición y estar entregado por completo a la misión celestial.
Todo proceso de limpieza en nuestras vidas, por la gracia y amor de Dios, conlleva un desafío del Cielo ¿Quien será un instrumento una herramienta: Vasijas “aparatos útiles” en las manos de Dios?

Hombres como Gedeón, Moisés, Jeremías, Samuel, Andrés, Felipe, Pedro, Pablo, Timoteo entre tantos hombres más, que a pesar de sus debilidades fueron fortalecidos en las manos de Dios.
Para este tipo de entrega se necesita un corazón adorador, una vida en sus manos, una pasión y obediencia extrema.
Estamos hablando de identidad. En Cristo Jesús, hemos nacido de nuevo, hablamos de nuevo nacimiento, hablamos de identidad. Vivimos en Cristo.
Este es un proceso de todos los días, Romanos 12.1-2 habla de que nuestra búsqueda en adoración es de todos los días, nuestra entrega en santidad es constante, su mano en nosotros transformando y renovando nuestro entendimiento no cesa nunca.
Si estuviéramos recorriendo el camino al Santísimo podríamos decir que haremos una parada en el Santo. Los sacerdotes que ingresaban al lugar santo lo hacían con ropas santificadas, por eso vamos a entregar y consagrar nuestros cuerpos al Señor.
Dios sorprende a Isaías, invitándolo a ser como Él. El desafío parece demasiado elevado, pero no estamos solos en la tarea, de la misma manera que Dios tocó al profeta para asistirlo en el cambio, nosotros somos tocados por Dios, cada vez que nos acercamos a Su altar y de ese altar saldremos transformados.
Es lo mismo con Jesús. Él llama a Sus seguidores a que sean “discípulos”, imitadores de Su maestro y esa carrera no la corremos solos, sino que hemos recibido el Espíritu Santo, quien toma de Cristo y lo manifiesta en nosotros.
Recibimos a Cristo en nuestra vida y nacemos de nuevo. Abrazamos la nueva identidad que tenemos en Jesús. Nos despojamos de aquello que está de más en nuestras vidas. Vivimos en Cristo.

Oración:

Señor “aquí estoy” soy tuyo, me pongo en tus manos, declaro que tu eres mi Señor y quiero entregar cada parte de mi cuerpo en consagración y servicio a Ti.

Acción:

Hay un trono en nuestro corazón, vamos a entregarlo. Quien se siente en ese trono, gobernará nuestra vida y solo hay lugar para uno solo allí. Toma una hoja y escribe las áreas de tu vida en las que todavía hay lucha y vamos a rendirlas delante de Dios.

Fuente:  Camino al Santísimo | Serie de Devocionales de 40 dias

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