No es lo mismo filosofía de la religión que filosofía religiosa

No es lo mismo filosofía de la religión que filosofía religiosa en general, o cristiana en particular. La primera estudia el fenómeno religioso independientemente del credo y de la verdad o falsedad de su contenido. La filosofía de la religión se ocupa de la experiencia religiosa, su articulación doctrinal y práctica, pero no va a ella con la actitud del creyente, sino del científico.

"La filosofía de la religión es una reflexión crítica sobre creencias religiosas" (C. Stephen Evans, Filosofía de la religión, p. 10). La filosofía de la religión tiene que vérselas con problemas generales y previos a la fe como: ¿Qué tipo de creencia es la creencia en Dios? ¿Cuáles son los elementos de juicio para creer en Dios? ¿Cuáles son los elementos de juicio en contra? ¿Qué creencias alternativas se nos abren? ¿Qué podemos decir, no sólo sobre la existencia de Dios, sino sobre la naturaleza de Dios, su poder, bondad, inteligencia, conducta teleológica, gobierno del mundo, etc.? ¿Cómo, si hay algún modo, podemos descubrir si tales creencias son verdaderas o falsas? ¿Ha de tomarse literalmente el lenguaje que usamos para describir a Dios? ¿Qué conclusiones sobre la conducta humana podemos extraer de la existencia o no existencia de Dios? ¿De dónde le viene al hombre su ser religioso? Y así podríamos continuar, sin esperanzas de agotar los temas y preguntas que la religión plantea a la filosofía y que la filosofía presenta a la religión.

Desde el punto de vista histórico la denominación "filosofía de la religión" apareció por vez primera en Alemania, a fines del siglo xvw y como título en Philosophie der Religion (1793), de J.C.G. Schaumann; y en Geschichte der Religionsphilosophie (1800) de J. Berger. La filosofía de la religión, estudia la divinidad en aquellos aspectos que están al alcance de las fuerzas naturales de la razón, es investigación y crítica.

En este sentido difiere de la filosofía religiosa que pretende dar una explicación última del cosmos a base de sentimientos y de ideas religiosas. La filosofía, como declaró Hegel, parte del supuesto de que todo lo real es racional, si la religión pertenece al dominio de lo real, tiene que ser racional incluso en su supernaturalidad. No hay esfera sagrada que pueda substraerse al análisis filosófico. La teología evangélica se caracteriza por su protesta contra la intrusión del pensamiento filosófico en la religión cristiana, toda vez que se considera que el cristianismo se distingue del resto de las religiones en su carácter de religión revelada, cuyas verdades difieren de cualquier otra forma de conocimiento, pues se origina y fundamenta en el Dios que ha inspirado a los escritores de la Biblia. "Toda la Escritura es inspirada por Dios, y útil para enseñar" (2 Ti. 3:16). La autoridad que refrenda la verdad cristiana es la misma revelación de Dios, luego la razón humana es incompetente a la hora de criticar o analizar su contenido. Cierto, pero aquí se desliza un prejuicio a tener en cuenta y ser aclara-do convenientemente. Primero de todo, la revelación no anula la razón, sino que la eleva a una mejor comprensión de sí misma, la razón salvada, de la que hablaba Paul Tillich.
 No se puede uno refugiar en la autoridad de la revelación contra el análisis al que la razón tiene derecho, incluida la razón creyente. El menosprecio racional en nombre de la autoridad es, en última instancia, una pretensión demoniaca de parte del hombre que quiere tener el control hasta de la misma Palabra de Dios, de lo que dice y de lo que no dice, o no puede decir. La historia está llena de ejemplos de manipulación religiosa por parte de las autoridades eclesiales. El ejemplo más explícito y elocuente lo tenemos en el enfrentamiento de Jesucristo con los poderes religiosos de su época, a los que acusa directamente de tergiversar la Ley de Dios con el pretexto de conservarla. "Hipócritas, bien profetizó de vosotros Isaías, como está escrito: Este pueblo de labios me honra, más su corazón está lejos de mí. Pues en vano me honran, enseñando como doctrinas mandamientos de hombres" (Mt. 7:6-7). En este sentido, la filosofía, la razón crítica, se encuentra en línea de continuidad de la voz profética. Protesta contra la manipulación de lo divino en nombre de la verdad, que es lo que de Dios tiene el mundo.
Una teoría correcta de la inspiración divina de los escritores sagrados de la Biblia supone tomar en cuenta el antropomorfismo y antropocentrismo de su lenguaje. Sólo quien toma con radical seriedad la plena humanidad de la Escritura puede hacer justicia a su plena divinidad. La Biblia no es un meteorito ni un objeto extraterrestre caldo del cielo, sobre el cual no tengamos elementos racionales de juicio ni instrumentos lógicos de análisis, excepto la veneración de su registro fósil, de su letra desmenuzada exegéticamente. 

La Biblia, en cuanto Palabra de Dios, es el registro en términos humanos de un encuentro personal entre Dios y el hombre, que conforma la historia de la salvación y guía la experiencia creyente. Como tal historia, con el lenguaje, localización, símbolos y figuras propios de un tiempo y situación históricos, obedece a los parámetros de lo temporal, la situación a la que originalmente corresponde. La atemporalidad de las verdades de la revelación no está en su forma, sino en su contenido, en cuya apropiación existencial e intelectual intervienen factores de fe, formación, estudio y momento histórico. Pretender otra cosa en confundir la Palabra de Dios con los jeroglíficos y códigos secretos tan a gusto de los cabalistas esotéricos. "La revelación se inclina, se acomoda a nuestras naturalezas y condiciones terrenales, penetra nuestra conciencia en una forma mediada a través del cosmos, y recibe expresión concreta en alguna forma oral o escrita común en la época de su aparición en el mundo" (B. Ramm, La revelación especial, p. 66).

La doctrina sobre la inspiración e infalibilidad de la Biblia no puede ser esgrimida como una espada flameante que cierre el paso a la investigación crítica, histórica y racional de su contenido. La revelación no es un atajo y, desde luego, no puede utilizarse como una coartada que justifique la ignorancia y el fanatismo. Si el cristiano es honrado tiene que reconocer que no existe ni una sola gran religión que no se considere a sí misma como revelada directamente por el cielo. ¿Qué hacer ante esta competencia de revelaciones? ¿Cómo determinar cuál es cierta y cuál es falsa? ¿Se excluyen unas revelaciones a otras? ¿Qué es lo específicamente cristiano? Estamos de lleno en la historia comparada de las religiones, que aquí no podemos tratar.

Lo que cabe decir es que la fe cristiana exige de sus miembros el conocimiento de sus creencias por sí mismos.

 Ser cristiano es sentirse responsable de las propias creencias y vivirlas de un modo consciente e inteligente, porque la religión, toda religión, está tentada de idolatría, y es susceptible de abuso y corrupción. El cristiano no puede abdicar de su responsabilidad ni de sus prerrogativas. El libre examen le acompaña desde el principio como una salvaguarda contra la dictadura espiritual. Por muy creyente que sea, no puede abandonarse ciegamente en manos de los hombres, a la buena de Dios, renegando a su discernimiento crítico y racional.


La filosofía puede de hecho ser peligrosa para la religión, a saber, cuando se entromete en sus asuntos indebidamente, es decir, en contra del sentido de su objeto. Pero no resulta peligrosa cuando estima este objeto como dado previamente para ella e intenta esclarecerlo en los relativo a su esencia. La razón y su filosofía proceden injustamente cuando creen que no deben recibir la religión, sino que pueden construirla o también destruirla libremente desde la fuerza autónoma del pensamiento humano. Pero no cometen ninguna injusticia cuando, tomando la religión como previamente dada, la reconstruyen atendiendo a su objeto —dado de antemano— y desde la fuerza de la inteligencia que el hombre tiene de sí mismo y del ser, inteligencia que es el elemento en el que vive la religión. En este sentido se trata de la reconstrucción crítica de la religión previamente dada con miras al auténtico ser y esencia de la misma. Tal reconstrucción filosófica, si se hace debidamente, no puede menos de ser útil a la religión, y se propone también mostrarse útil; y quiere serlo especialmente cuan-do es crítica, cosa que por naturaleza tiene que ser. Pues ella centra su mirada en los rasgos esenciales de la religión y en la distinción crítica entre esencia y no esencia. Y pertenece incluso a la inteligencia que la religión tiene de sí misma y del ser, el hecho de que el hombre haya de responder críticamente de ella (Bernhard Welte, Filosofía de la religión, pp. 28-29).

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