Sócrates y el cristianismo

Cosa sabida es que Sócrates, en cuanto el cristianismo entró en la cultura helénica, fue considerado en cierto modo precursor de la doctrina salvadora. El Apologeta San Justino así lo afirma ya, y la tesis se convierte en cosa generalmente admitida en la literatura patrística.

El conocimiento más superficial de la filosofía antigua basta para descubrir una serie de coincidencias profundas entre Sócrates y el cristianismo: El monoteísmo, la providencia divina, ciertos principios de moral que el cristianismo considera de «razón natural». Aún avanzó Sócrates más allá, hasta inclinarse a la creencia en la inmortalidad del alma personal, con sanciones morales, e incluso llegó Sócrates hasta preferir sufrir el mal antes que hacerlo.

Pero queríamos señalar un punto donde la coincidencia, casi la precursoría, toca una necesidad que a los modernos nos conmueve íntimamente.

Se trata del tema del orden del mundo, de la belleza y armonía del cosmos, del curso regular de los astros y la ordenada vuelta de las estaciones. Penosamente, los hombres antiguos fueron saliendo del terror y encontrándose envueltos en un orden. Designar al mundo con el nombre de cosmos, que tanto quiere decir corno «orden y armonía», es cosa que no es más vieja que Sócrates, pues fue en su tiempo cuando los sofistas comenzaron a usar esa expresión.

Ahí está la raíz del sentimiento optimista de Sócrates, ese sentimiento que irritaba al doliente Nietzsche. El optimismo fue un impulso que se apoderó de los pensadores griegos a mediados del siglo V. Era lo que en otro lugar he llamado «el uso de la razón» lo que sacaba a los griegos de ese mundo oscuro y tremendo, de pecados, venganzas, castigos y envidia de los dioses, que domina todavía del todo la poesía trágica.

En cuanto Sócrates aplicó este uso de la razón a la moral y a la religión, y no a la vida útil y práctica, se diferencia de los sofistas y es un preludio del cristianismo.

La prueba más sencilla de la existencia de Dios, la de ver su mano en la creación y contemplar su poder en las maravillas del mundo, fue Sócrates el primero en formularla en el mundo helénico. Los cristianos pudieron reconocer en esto algo semejante y próximo a la exclamación del salmista (19,1): Coeli enarrant gloriam Dei. (Loscielos cuentan la Gloria de Dios)

Sin embargo, no siempre el hombre tiene la salud espiritual necesaria para ver tan claras y lucientes las cosas. Mucho le costó sin duda a Sócrates salir del oscuro pesimismo primitivo, donde el hombre se sentía continuamente amenazado por la desgracia y por el mal.

De la misma manera, cuando el mundo llegó a su saturación y a su crisis definitiva, el viejo y primitivo pesimismo resurgió; no en forma de pesimismo sistemático, a lo Schopenhauer, sino con ese radical terror primitivo que consiste en hallarse sin amparo ni protección contra los golpes de un inmisericorde azar.

Cuando una por una las pruebas de la existencia de Dios han ido rebatiéndose, aquella socrática de que son los cielos los que cantan Su gloria, también se ha discutido. En alguna parte, no sé dónde, Unamuno leyó aquello de que si se compara el mundo a un libro, hay que pensar en su autor, pero el problema está en si lo que tenemos delante de nosotros es un libro, un texto con su sentido, o si somos los hombres los que nos empeñamos en buscar sentido en lo que es un azar.

Cuando el mundo atraviesa una edad horrible, el mal y la vileza triunfan, todo parece cruel azar, y las desgracias se ciernen sobre nosotros como en las más terroríficas épocas primitivas, Sócrates representa un modelo para lograr un primer peldaño para una necesidad religiosa profunda y radical. El nos da ese optimismo primero sin el cual la salvación es imposible.

Antonio Tovar
Madrid, 30 de abril de 1947

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