El objeto del sueño de Dios

Dios siempre ha deseado una relación con su pueblo. De hecho, Él creó un hermoso jardín que contenía todo lo necesario para la vida de la humanidad. Pero después de que Adán desobedeció a Dios, este se escondió de la presencia de Dios en el Jardín. A pesar de todo lo que Adán había hecho, el hermoso sonido de la voz familiar del Señor resuena, "Adán dónde estás?" Esta misma llamada hacia los hijos de Dios se ha mantenido viva a lo largo de la historia. Dios está buscando una relación con nosotros.

En realidad hemos sido llamados por Dios a la misma comunión personal que Dios el Padre tiene con Jesús. "Fiel es Dios, por el cual fuisteis llamados a la comunión de su Hijo, Jesucristo nuestro Señor" (1 Corintios 1: 9). Ese llamado es una invitación a una relación muy personal e íntima. De hecho, tenemos un requerimiento divino en la misma comunión con el Padre.
Muchos no concebimos  la idea de una comunión con Dios, como la que existe entre Jesús y el Padre. Pero es nuestra propia falta de confianza en nosotros mismos que trae esta reacción negativa. Nos han convencido a través de la condena religiosa que Dios nos tolera, pero tiene poco deleite en nosotros, pero esto no es verdad. Sin embargo, como resultado de esta forma de pensar, la culpa se convierte en la principal motivación para cualquier acción que tomamos.

Nosotros sólo oramos porque nos sentimos culpables si no lo hacemos. Vamos a la iglesia, porque nos sentimos condenados si no asistimos. Damos porque sentimos vergüenza por no haber hecho más. Con una comprensión de esto, muchos de los llamados líderes religiosos han desarrollado gran habilidad en la creación de culpa, la condenación, y la vergüenza de la gente como una forma de manipulación psicológica.

Pero Dios no conduce por la culpa, la condenación o la vergüenza. En cambio, se conduce por la influencia y la convicción del Espíritu Santo. Hay una gran diferencia entre la condenación y la convicción. El Señor se mueve a través de los que oran según Su Palabra. Él guía a los que se conforman a su mandamiento de amor. Él nos dirige a ser dadores que son sensibles a su liderazgo y dirección en nuestro dar.

Dios ha enviado su Espíritu y su Palabra para conducirnos, no culparnos, condenarnos, o avergonzarnos. La oración, la asistencia a la iglesia, y la dádiva tiene que hacerse, pero hay que acercarse en cada una de estas áreas con la motivación correcta o  sino habrá actos religiosos estériles e ineficaces que no dan fruto.


Cuando obtenemos una comprensión real de cómo Dios nos ve, vamos a tener la convicción a la que hemos sido convocados. Vamos a disfrutar de una relación rica, satisfactoria y gratificante con nuestro Creador - y los beneficios de una vida fructífera.

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